Tormund emergió del sueño como quien sale a flote en aguas heladas, con los músculos en tensión y el aliento atrapado en la garganta. En el Otro Lado, su Espíritu Lobo ya había acudido a la llamada, cruzando los horizontes oníricos hasta los límites donde el pigargo aguardaba. El ave era un espectro de su antigua gloria: un ala carbonizada hasta la raíz y la otra batiendo apenas contra la nada, con su estructura espiritual deshilachada y exhausta. No había rastro de la marta, pero la esencia del ave estaba cargada de algo oscuro y prohibido; una vibración distorsionada, abrasada por la sombra, que apenas permitía reconocer a la criatura que había partido.

Nilsa y los sabios del clan no perdieron un instante. Bajo el manto de la noche, se apresuraron a estabilizar la agonizante forma espiritual mediante bálsamos antiguos y cantos de enlace que resonaban con las raíces de la tierra. Los anclajes vibraban, tejiendo una red de protección para evitar que el espíritu se disolviera en el olvido. Finalmente, el pigargo se hundió en un letargo profundo, un sueño curativo donde el tiempo se dilata; sus alas no volverían a surcar el cielo antes de que el invierno exhalara su último suspiro.

Sin embargo, antes de sucumbir al descanso, el espíritu entregó su carga. Tras grabar en su mente lo que había visto la marta, y entender el sacrificio de sus compañeros rastreadores, la decisión se forjó en la mente de Tormund con la frialdad del acero recién templado. Aquella información era un arma que no podía permanecer oculta. Los clanes del Norte debían conocer la amenaza que se gestaba en las sombras. Tenían ante sí una oportunidad única para golpear primero, y el tiempo, como siempre en el Norte, avanzaba implacable hacia la guerra.