El pigargo cortó el horizonte del Otro Lado como una cuchilla de alas, siguiendo el rastro ponzoñoso que Torleif había dejado tras su desaparición. La marta se deslizó debajo, silenciosa y veloz, atravesando grietas y corrientes de sombra que se doblaban sobre sí mismas. Cada salto, cada transición, era un puente que los mortales nunca podrían comprender: zonas donde la luz se volvía opaca, donde la membrana entre realidades se volvía líquida y se mezclaba con lo próximo al Otro Lado, y más allá, en la grieta que olía a esencia divina, un reino que parecía latir con conciencia propia. Los puentes se alzaban como pasillos de piedra suspendidos sobre abismos insondables, oscuros, con ecos que repetían sus miedos y amplificaban su propio instinto de huida.

Los espíritus temblaban. La marta, tan ágil, sentía cómo sus patas se aferraban al vacío y aún así se deslizaba; el pigargo comprendía la extensión del salto, pero su visión nunca había encontrado algo así. Todo alrededor olía a magia antigua y terrenal al mismo tiempo, y un miedo profundo les decía que aquello no era solo un camino: era un sendero que tocaba lo que los dioses habitaban y que su intelecto, por más astuto que fuera, jamás podría entender. La divinidad se sentía como un frío que podía romperlos en partículas de pensamiento, un frío que sin embargo se mezclaba con la tierra que les daba fuerza.

Una violenta ventisca levantó con fuerza, de una naturaleza tan insólita que el mundo espiritual parecía congelarse junto al natural. No obstante, los espíritus perseveraron a través de la nieve y el viento que batía sin piedad su esencia. Su misión era más importante.

El rastro los llevó a un claro entre la niebla y la ventisca. Allí, entre enorme bloques de hielo, y parcialmente cubierto por una imposible cantidad de escarcha, se alzaba un templo.

El templo era sombrío, parcialmente atrapado por un bloque de hielo gigante que reflejaba la luz de la ventisca en cristales cortantes. Su silueta se recortaba contra el vórtice de nieve, y los espíritus, con cada latido de su ser, sintieron el peso de la imposibilidad: nunca habían visto de cerca nada que conectara lo mortal con lo divino de manera tan directa y aterradora.

Era obvio que el rastro de Torleif se adentraba en el templo. Una espesa y gélida capa de hielo espiritual sugería que entrar al templo desde el Otro Lado sería imposible. No era un obstáculo, no obstante, ya que los espíritus rastreadores estaban acostumbrados a materializar su forma espectral en el mundo material a menudo.