
El pigargo aterrizó con un impacto sordo, arrastrándose sobre un promontorio gélido de nieve más allá de los muros del templo. Milagrosamente, habían escapado. Pero a un alto precio.
El dolor que sentía el pigargo no era físico, sino una laceración en su misma existencia: un ala estaba completamente incinerada, reducida a jirones de energía ennegrecida que se deshacían en el viento. Frente a él, la marta yacía sobre el blanco sudario de la ventisca, pero su forma apenas era ya un esbozo. Se deshilvanaba por los costados, perdiendo cohesión, lista para ser reclamada por el vacío del mundo espiritual.
No hubo necesidad de palabras; entre hermanos de esencia, el pensamiento fluye como un río compartido. La marta, con un último destello de voluntad, le ofreció lo único que le quedaba: su propia vida. Le instó a absorberla, a devorar su energía para que su muerte no fuera en vano. Solo uniendo ambas esencias, el pigargo tendría la fuerza suficiente para un último vuelo desesperado, batiendo su única ala sana con el impulso de dos almas.
El pigargo permaneció inmóvil, sumido en una severidad absoluta. Cometer un acto así era un tabú ancestral, una mancha que lo perseguiría más allá de cualquier eternidad, convirtiéndolo en algo distinto, algo mancillado. Sin embargo, el tiempo se agotaba. Tras un instante que pareció durar siglos, el ave accedió.
Abrió el pico y, con un movimiento solemne y terrible, devoró la luz mortecina de la marta.
En ese segundo, el mundo estalló en la mente del pigargo. Las impresiones de su compañera lo sacudieron como un rayo: el frío del templo, el olor a hierro de Torleif y, sobre todo, aquella visión aterradora que ella había grabado en su memoria. El secreto de lo que dormía bajo el hielo ahora latía en su propio pecho.
Eran uno. El dolor del ala quemada persistía, pero una nueva energía, vibrante y salvaje, le recorrió el cuerpo. A pesar del horror de haber consumido a su igual, el pigargo extendió su ala intacta. Con un graznido que fue un lamento y un desafío a la vez, se impulsó desde la nieve, emprendiendo un vuelo errático y desesperado hacia el horizonte. La misión, ahora más pesada que nunca, debía cumplirse.
