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Los espíritus descendieron solo para descubrir que el templo se aferraba con terquedad al mundo físico. Una barrera de hielo mágico lo custodiaba, una coraza sólida que devoraba los reflejos de la ventisca y retorcía la luz con una fijeza antinatural. Intentaron aproximarse en su forma espectral, pero el pigargo, entorpecido por su envergadura, no encontró paso entre las grietas de escarcha. Solo la marta se atrevió a avanzar, escurriéndose por rendijas invisibles al ojo mortal hasta alcanzar un rincón desde el que observar sin ser vista.

El interior exhalaba el aire de lo antiguo y lo prohibido. Aunque el vendaval no lograba quebrar el silencio del recinto, la escarcha reptaba por las grietas del suelo y las paredes como dedos blanquecinos. De los muros colgaban restos de esqueletos y cadáveres, dispuestos como una decoración grotesca entre bancos de madera carcomida y estantes cubiertos de polvo. Bajo la tenue luz de velas y candiles dispersos, un murmullo constante de pasos arrastrados llenaba el ambiente.

Torleif se movía con una calma gélida en mitad del tumulto. Su silueta destacaba por la rectitud de su espalda y los brazos ligeramente extendidos, como si palpara la energía que vibraba en el aire. Su rastro era un cóctel violento, hipnótico y repulsivo a partes iguales: un olor metálico a hierro oxidado y sangre espesa, con un trasfondo de ponzoña y calor animal que erizaba el pelaje.

Frente a él se alineaba una procesión de pesadilla: Un ser nauseabundo que hedía a carne descompuesta, una figura enmascarada que exhalaba la esencia etérea de los espíritus, otro rastro cargado de ceniza y azufre… y algunos más, claramente destacados entre el resto. Estaban frente a Torleif, en un recargado rincón lleno de cachivaches donde el ponzoñoso personaje rizaba sus rastas juguetonamente mientras bebía algún tipo de licor.

De lo que no había alguna duda es de que era Torleif en carne y hueso.

La presencia física de Torleif reclamaba un dominio absoluto. Emanaba una densidad embriagadora que parecía espesar el aire, embotando los sentidos de los presentes. Incluso la marta, curtida en el rastreo de energías, sintió el impulso instintivo de retroceder ante aquel poder. Solo su naturaleza espiritual la mantuvo firme, oculta en las sombras.

El aire vibró de repente. La marta se quedó inmóvil, con el corazón acelerado: debía elegir entre arriesgarse a salir de su escondite para escuchar la conversación de Torleif, o conformarse con la seguridad de la oscuridad, permaneciendo ciega ante los secretos que allí se gestaban.

¿Qué debería hacer el espíritu?:

Atención: tu respuesta quedará grabada e influenciará el resultado de lo que averigües. Es importante que elijas bien, una única vez.

La marta se tensó y, con movimientos fluidos como el mercurio, abandonó su posición elevada. Descendió por la madera rugosa de un estante, evitando las zonas donde la luz de las velas era más intensa, hasta ocultarse tras los restos de un viejo confesionario de madera oscura, a escasos pasos de donde Torleif dictaba su voluntad.

Desde allí, el hedor de Torleif era casi insoportable; la mezcla de sangre y hierro le nublaba el juicio, pero las voces empezaron a cobrar nitidez. Escuchó fragmentos de una promesa oscura, de una fuerza que dormía bajo el hielo esperando ser reclamada. Los otros seres siseaban, sus auras chocando entre sí en un despliegue de hostilidad contenida.

De pronto, la calma de Torleif estalló. Con un movimiento brusco y cargado de desprecio, barrió un pesado candelabro de bronce que reposaba sobre una mesa cercana. El metal golpeó el suelo con un estruendo que resonó en las vigas del templo y, al contacto con los aceites derramados y la magia latente, el fuego no se extinguió. Al contrario, una llamarada violenta y azulada rugió hacia el techo, iluminando cada rincón con una claridad cegadora.

El susto fue inevitable. El instinto animal de la marta se impuso a su control espiritual y dio un pequeño salto involuntario, sus garras rasparon la madera seca con un chirrido casi imperceptible. Para un oído humano, habría sido nada.

La marta recuperó la postura al instante, pero al alzar la vista, el mundo pareció detenerse. Torleif no estaba donde antes. En su lugar, una máscara terrible, tallada con horror y con cuencas que supuraban oscuridad, se abalanzó sobre ella a una velocidad imposible. Escuchó el agudo chillido de su compañero el pigargo, volando fugaz hacia ella, pero ya era tarde. No hubo tiempo para huir, ni para volver a las sombras, antes de que una negrura absoluta, fría y pesada, engullera su visión por completo.


La marta decidió hundirse en la seguridad de las sombras. Desde su posición, con los sentidos aguzados y el cuerpo fundido con la negrura de una viga superior, se convirtió en un testigo invisible. Las voces de abajo le llegaban ahora con una claridad gélida, pese a estar a cierta distancia. Escuchó información importante, pero no se movió; el terror la había anclado al sitio.

Cerca de Torleif, la figura que exhalaba ceniza y azufre se tensó. El ser dejó escapar un resoplido de puro desagrado, un sonido seco que recordó al crujir de las brasas, y sin decir una palabra, se dio la vuelta. Se marchó hacia la salida del templo con un paso silencioso que, sin embargo, parecía llevarse consigo parte del calor del aire.

Fue entonces cuando el silencio fue degollado por un sonido desgarrador.

Desde el exterior, el pigargo emitió un chirrido agudo, una nota de agonía que perforó la piedra del templo. La marta vio con horror cómo su compañero entraba en el recinto, pero no volaba: caía. El ave se precipitaba hacia ella con el plumaje envuelto en una llamarada antinatural, batiendo las alas con desesperación en un intento fútil por apagar el fuego que la devoraba.

La marta se preparó para el impacto, estirando sus músculos para saltar hacia su compañero herido y rápidamente cruzar al Otro Lado fuera del templo. Pero justo antes de que el pigargo la alcanzara, sus ojos se cruzaron con los de Torleif.

Él no estaba sorprendido. Al contrario, la observaba directamente en su escondite. El ser esbozó una sonrisa lenta, cargada de una satisfacción cruel, como quien cierra una trampa que llevaba horas preparada. Antes de que el calor de las llamas o el cuerpo del ave pudieran tocarla, la sonrisa de Torleif se expandió hasta ocupar todo su campo visual, y el mundo, de repente, se sumergió en una oscuridad absoluta.